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El dolor no es solo una señal eléctrica que viaja de un tejido dañado al cerebro; de acuerdo con la neurociencia, el dolor se puede considerar una experiencia multidimensional influenciada por nuestras emociones, pensamientos y, sobre todo, por nuestro estado neurofisiológico.
En otras palabras, ha quedado atrás la visión puramente mecánica del dolor como respuesta ante el daño de tejidos, para entender que el sistema nervioso actúa como un regulador de volumen del dolor, en el cual el estrés no es un acompañante secundario, sino un arquitecto fundamental de la experiencia dolorosa.
Para entender por qué el estrés empeora el dolor, debemos conceptualizar el sistema nervioso como un amplificador de sonido, donde el dolor es la señal y el estrés la perilla del volumen. Este fenómeno se explica a través de dos mecanismos críticos: la sensibilización central y la modulación descendente.
En condiciones normales, el cerebro tiene la capacidad de filtrar señales de dolor para que no todas lleguen a la conciencia con la misma intensidad, y a esto se le conoce como modulación descendiente. Pero, cuando estamos bajo estrés crónico, este filtro falla, debido al elevado nivel de cortisol y adrenalina de forma sostenida
Si bien estas hormonas son vitales para la supervivencia a corto plazo, ya que son las responsables de la respuesta de lucha o huida en situaciones específicas, su presencia constante provoca un estado de sensibilización central. En este estado, el sistema nervioso se vuelve hiperexcitable, manteniendo un estado de alerta máxima constante en la médula espinal y el cerebro. Ante estas condiciones, el cuerpo comienza a manifestar las siguientes condiciones:
El problema con el estrés es que no se queda solo en los pensamientos; de hecho, se somatiza a través del sistema musculoesquelético. Cuando percibimos una amenaza, bien sea real o imaginaria, como una entrega de trabajo o una discusión, los músculos se tensan de forma refleja para protegernos. Cuando esa tensión no se libera, se conoce como tensión muscular mantenida, que puede manifestarse con los siguientes síntomas:
La cefalea tensional es el ejemplo clásico. El estrés provoca la contracción mantenida de los músculos del cuello, los hombros y el cuero cabelludo. Esta contracción reduce el flujo sanguíneo y acumula metabolitos irritantes en los tejidos, enviando señales de dolor constantes al trigémino, el nervio principal de la sensación craneofacial.
Las contracturas son esencialmente músculos que han olvidado cómo relajarse. Bajo estrés, adoptamos posturas defensivas, por ejemplo, hombros elevados o mandíbula apretada. Esta dificultad para alcanzar la relajación impide que los desechos metabólicos, como el ácido láctico, sean eliminados de manera correcta; sin mencionar que la falta de oxígeno en el músculo, por compresión vascular, genera puntos gatillo miofasciales, que son zonas de hiperirritabilidad que irradian dolor a otras partes del cuerpo, creando un ciclo cerrado perpetuo de contracción muscular.
La zona lumbar es particularmente sensible al estrés emocional, para muchos es considerado el vertedero emocional. La tensión en los músculos paravertebrales y el psoas, sumada a la inflamación de bajo grado producida por el cortisol alto, crea un ambiente perfecto para las crisis de lumbalgia. Muchos pacientes con dolor lumbar crónico experimentan brotes no por un mal esfuerzo físico, sino tras periodos de alta demanda emocional.
Si el estrés es el amplificador, la regulación del sistema nervioso es el silenciador. Aprender a calmar el sistema nervioso no es un lujo de bienestar, sino una intervención neurobiológica directa sobre las vías del dolor.
La clave para el tratamiento del dolor crónico no reside únicamente en tratar el músculo o la articulación, sino en calmar el sistema que interpreta las señales, que corresponde al Sistema Nervioso Autónomo (SNA).
Uno de los primeros procesos que debemos aprender es cómo transitar del estado de dominancia simpática, que corresponde cuando estamos en un estado de alerta, al estado parasimpático, que es el momento de descanso y recuperación.
Según la teoría polivagal de Stephen Porges, el sistema nervioso tiene diferentes estados. Como se ha mencionado anteriormente, se puede definir el estado de Amenaza o Alerta (Simpático), donde aumenta la inflamación y la sensibilidad al dolor. Y el estado de Seguridad (Parasimpático/Vagal Ventral), en el cual el cuerpo puede realizar procesos de reparación tisular y analgesia natural.
Considerando la Teoría Polivagal, se puede afirmar que, cuando activamos el nervio vago y el sistema parasimpático, enviamos una señal de seguridad al cerebro, lo que reduce la producción de citoquinas proinflamatorias y permite que el cerebro reactive sus sistemas de modulación del dolor; en otras palabras, los filtros de dolor del cuerpo regresan a la normalidad.
El cerebro es plástico, es decir, así como aprendió a estar en alerta y amplificar el dolor, puede aprender a inhibirlo. La educación sobre el dolor ayuda a los pacientes a entender que el dolor no siempre significa daño, lo que reduce el miedo y la ansiedad, desactivando así el amplificador del estrés.
Aprender a cambiar el estado del SNA es fundamental para activar el sistema parasimpático. Algunas herramientas que pueden ser de gran utilidad son las siguientes:
El dolor es una señal de alarma, pero cuando el estrés toma el mando, la alarma suena demasiado fuerte y sin motivo aparente. Tratar el dolor únicamente con fármacos o masajes es, a menudo, como intentar apagar un incendio sin cerrar la llave del gas.
El tratamiento efectivo del dolor debe ser integral. Si un paciente con contracturas recurrentes recibe masajes pero mantiene un sistema nervioso en estado de hipervigilancia por estrés, la mejoría solo será temporal. El alivio real ocurre cuando el paciente comprende que su dolor es una señal de protección y aprende técnicas para señalizar seguridad a su cerebro, y este se permita un periodo de relajación.
Al calmar el sistema nervioso, no solo reducimos el dolor, sino que devolvemos al individuo la capacidad de habitar su cuerpo sin miedo.
Fuentes:
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